domingo, 30 de octubre de 2016

EL CRIMEN DE CINTASVERDES, LA ÚLTIMA EJECUCIÓN PÚBLICA EN CÓRDOBA

Resultado de imagen de jardines de la victoria de cordoba año 1890


   En la calle hace un frío de mil demonios pero en casa, sentado en el sillón al abrigo de la mesa-camilla, no se está tan mal. La verdad es que se está muy bien y si es acompañado de una buena historia de miedo pues mejor que mejor. Desde pequeño, siempre me ha gustado disfrutar de una buena historia de terror. Mejor si era cierta. Y eso, ni más ni menos, es lo que os propongo hoy al calor de la estufa: un nuevo viaje a la más aberrante crueldad oculta en la misteriosa mente humana. Si, amigos. El ser humano es una criatura capaz de llevar a efecto los hechos más espantosos con el fin de conseguir metas absurdas, sin ningún sentido para el resto de los mortales. Nuestro protagonista de hoy es uno de esos seres. Una persona normal, como cualquiera de nosotros que, sin previo aviso, se le cruzan los cables en un impulso irracional, cometiendo uno de los crímenes más espantosos de la historia de Córdoba, al punto que su nombre se usará desde aquél momento en una expresión muy cordobesa, para calificar el grado de maldad de una persona. 

   Para conocer las andanzas de José Cintabelde Pujazón, almeriense de nacimiento y cordobés de adopción, debemos
Jardines de La Victoria, antigua caseta de El Círculo en la actualidad
retroceder a la Córdoba de finales del siglo XIX. Pero antes de viajar a la primavera de 1890, os invito a dar un pequeño paseo por la Córdoba actual, a los lugares donde hace más de ciento treinta años se consumaron aquellos terribles sucesos. El primer lugar que debemos visitar es la finca El Jardinito, una preciosa propiedad situada en la margen izquierda de la carretera de Obejo, la CO3408, una vez pasado el hotel Abetos del Maestre Escuela. El segundo, el número 30 de la Avenida Ronda de los Tejares, lugar donde se encontraba el antiguo coso de Los Tejares, terrenos hoy ocupados por el edificio de El Corte Inglés. Y el tercero y último La Puerta de Sevilla, situada al suroeste del casco antiguo, acceso al popular barrio de San Basilio, llamada así desde la Edad Media por ser la salida que más directamente conectaba con esta provincia. 

   Una vez visitados estos lugares, ya sea forma física o por medio de la socorrida pantalla del ordenador, os propongo que me acompañéis a dar una vuelta por el real de la Feria de Nuestra Señora de la Salud del año 1890, la conocida Feria de Córdoba de nuestros días, un acontecimiento festivo que se remonta al año 1284, cuando el rey Don Sancho IV concedió el privilegio al Concejo de Córdoba para que pudiera celebrarse dos veces al año una Feria de ganado y que hasta el año 1993 se celebró en los jardines de La Victoria, abandonando para siempre el lugar donde se mantuvo desde 1820. Casi dos siglos. Porque es durante la celebración de la Feria de Córdoba, cuando se consuma uno de los mayores crímenes de la historia reciente de nuestra ciudad, perpetrado por un motivo tan trivial como una corrida de toros. Comenzamos.
  
   Lunes, veintiséis de mayo de mil ochocientos noventa. Una tarde alegre y bulliciosa bañada por el impetuoso sol cordobés. El jolgorio y las risas lo invaden todo. Una interminable fila de casetas de juguetes, chucherías y baratijas se extienden a lo largo del Paseo de la Victoria. A nuestro lado pasean jinetes flamencos a lomos de caballos bellamente engalanados, acompañados a la grupa de bonitas cordobesas tocadas con el típico sombrero cordobés. Forasteros llegados a la ciudad de los pueblos más cercanos, pasean boquiabiertos ante tan inmenso espectáculo, mientras gitanas gracejas intentan endosarles a cambio de la voluntad una ramita de romero o leerles la buena ventura. Hay cosas que nunca cambian. Ni siquiera con el paso de los siglos. En la caseta del Círculo de la Amistad, una estructura metálica de estilo modernista recientemente inaugurada, toca una de las mejores orquestas del país llegada directamente desde Barcelona. La caseta es un lugar confortable, donde los socios en su mayoría de clase pudiente y acomodada, pasan los días feriales con gran placer y displicencia hacia todo lo externo de su entorno.


Caseta del Club Guerrita
   Más allá vemos la caseta del contratista de la colocación de tiendas en el real, la de instalación de los productos de calderería y aparatos de destilación de Nicolás Pinzetti y la esbelta caseta de la Diputación Provincial. Junto a ellas, muchas y bien preparadas buñolerías y pequeñas tabernas ambulantes, donde se sirven toda clase de caldos de la tierra a precios populares. Avanzado a duras penas entre el alegre gentío, nos invade el dulzón olor de las almendras garrapiñadas. Intentando localizar la procedencia de tan delicioso aroma, encontramos a nuestra izquierda decenas de tiendas de las llamadas a real y medio la pieza, el equivalente al todo a cien de nuestro tiempo, con la diferencia que en estas se ofrece a la concurrencia, indistintamente, miles de juguetes, turrón de Jijona, peladillas, garrapiñadas, bocas e islas frescas del día en que llegaron que no tiene por qué ser hoy, botijos de la Rambla, cocos, coquitos, avellanas del país y garbanzos tostados con su capa de yeso inclusive, entre otros miles de artículos y exquisiteces. 

   Reconozco que estoy disfrutando con este agradable día de feria, tan distinto y a la vez tan parecido a la feria de Córdoba de nuestros días pero no hemos viajado a la primavera de 1890 para disfrutar de un cartucho de almendras garrapiñadas paseando por una fiesta de otro tiempo. Hemos venido en busca de una persona y su particular historia macabra y creo que sé dónde encontrarlo. Salimos a duras penas del gentío que invade el real y nos dirigimos a una zona un poco más despejada al otro lado de la calle. Estoy buscando un gran cartel taurino y no tardamos en encontrarlo. En el podemos leer lo siguiente: 


PLAZA DE TOROS.
Con superior permiso, en la ciudad de Córdoba,
CORRIDA DE TOROS DE MUERTE 
en la tarde del 27 de mayo de 1890 y si el tiempo lo permite;
se lidiarán SEIS HERMOSOS TOROS, SEIS de la GANADERIA de D. José Orozco,
a manos de los ESPADAS Rafael Molina “Lagartijo”, Manuel García “El Espartero” y Rafael Guerra “Guerrita”.
Mandará y presidirá la plaza la autoridad competente.


   Lagartijo, Espartero y Guerrita, casi ná. Los más grandes toreros del momento compartiendo cartel. Dos cordobeses (Lagartijo y Guerrita) contra un sevillano (El Espartero) que además de ser rivales en el ruedo, en lo personal no se pueden ni ver. Sobre todo El Espartero y Guerrita. Y junto al cartel, con la mirada perdida y sin un duro en la faltriquera, encontramos a nuestro protagonista, José Cintabelde Pujazón, “Cintasverdes” para los compadres y amigos; un albañil de origen almeriense gran aficionado a los toros. Vive “arrejuntao” con una joven del barrio de Santa Marina llamada Teresa Molinero, madre también de su hija.

José Cintabelde
   Pepe Cintabelde vive obsesionado con asistir a esa corrida, la corrida del siglo, pero una mala racha lo ha llevado a dejarlo sin blanca. La falta de trabajo, su mala cabeza y peligrosas compañías lo han llevado a esta situación. Pero Cintabelde cuenta con que su amigo Juan Castillo, capataz de la finca El Jardinito, le preste los cuartos para asistir a tan grandioso espectáculo. Se lo debe. Además, sabe que a Juan le ha ido bastante bien en la feria de ganado. Ha sacado un buen pellizco vendiendo un puñado de vacas a buen precio y no puede negarle el favor a su viejo amigo. Decidido a plantarse mañana a primera hora en la finca El Jardinito, pone en marcha sus pies y perdemos sus pasos entre el gentío que abarrota el real de la feria. No importa, mañana temprano lo esperaremos en las inmediaciones de la carretera de Obejo para seguir sus andanzas. Mientras llega esa hora, os propongo tomar una fría horchata o lo que se tercie en la heladería ambulante de los hermanos Puzzini. Me han soplado que este año Fester Puzzini la ha montado en uno de los solares de la Avenida Gran Capitán. 

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Coso de Los Tejares
   Son las diez de la mañana del 27 de mayo. Pepillo Cintabelde camina solo aunque bien acompañado por su fiel navaja en el bolsillo y un pistolón al cinto cargado con seis balas. Nunca se sabe qué puede acechar por esos solitarios caminos de la sierra cordobesa. Por sus ropas y su forma de andar, parece que la noche se ha prolongado más de la cuenta en el real de la feria. Alguien podría decir que va un poco ahumado, perjudicado pero es una impresión subjetiva. Tras una larga caminata, alrededor de las once de la mañana llega a la finca El Jardinito. Conoce el lugar como la palma de su mano, no en vano trabajó allí durante un tiempo en compañía de Teresa, su sufrida compañera. Se dirige al caserón principal donde espera encontrar a su amigo Juan Castillo, al que dará un fuerte abrazo, reirán juntos con algún que otro chascarrillo, lo invitará a un trago y le prestará las 2,85 pesetas de la entrada general de sol. 

   En eso está pensando cuando a mitad de camino se encuentra con José Bello, el guarda de la finca. Tras el saludo pertinente y a la pregunta de José de qué hace por allí, Pepillo responde que viene en busca de Juan a pedirle un favor. El guarda le contesta que Juan no está por allí, que no se le espera en todo el día porque ha ido a la feria de ganado y que posiblemente pase la noche en Córdoba. Cintabelde ve como se desmorona ante las narices su bonita tarde de toros pero no está dispuesto a quedarse sin ver torear al Guerrita. Sabe que el capataz guarda el dinero en su casa, ese caserón que tiene a pocos pasos, tan cerca y tan lejos e idea un nuevo plan sobre la marcha. Para entrar en la casa y tomar el dinero primero tiene que deshacerse del guarda y la mejor forma que se le ocurre es pidiéndole como obsequio para Teresa y su pequeña hija un puñado de esas jugosas naranjas que cultivan en la finca, famosas en toda la provincia. Eso le dará el tiempo necesario para entrar en casa del capataz, coger el dinero, esperar a que vuelva el guarda y regresar a casa con las naranjas y los cuartos como si no hubiera pasado nada. 

   Cuando Cintabelde ve perderse al guarda en el interior del almacén anexo al caserón, corre como alma que lleva el diablo en dirección a la casa del capataz, abre de un fuerte empujón la puerta y se da de bruces con la cara perpleja de Antonia Córdoba, esposa de Juan Castillo, afanada en las tareas de la casa, y sus dos pequeñas hijas de seis y dos años, que corretean alegremente por la estancia. Petrificado en el dintel de la puerta y maldiciendo para sus adentros por no haber contado con la familia del capataz, apenas reacciona al saludo de Antonia y a la pregunta de qué hace por allí a esas horas. Al cabo de unos segundos que se hacen eternos, Cintabelde responde con dificultad que viene en busca de unas pesetas que su marido le había prometido fiar. Antonia, que nunca le ha gustado un pelo el gachó, le responde que Juan no está allí, que no volverá en todo el día y que ella no tiene dinero para prestarle. 

   Tanto contratiempo, unido a una larga noche de farra, una loca obsesión taurina y unas cortas entendederas, ocasiona el temido cortocircuito que tarde o temprano se produce en toda mente perturbada. Pepillo sabe que esa mala mujer lo está engañando. Conoce el escondrijo de los cuartos de cuando él trabajó en la finca y no está dispuesto a marcharse con las manos vacías. Con el rostro desencajado y los ojos bañados en furia, saca la pipa que llevaba sujeta al cinto, apunta a Antonia y le descerraja un tiro en la cara al tiempo que murmura entre dientes que no se moleste, que él mismo cogerá el dinero. Su cabeza enloquecida no aguanta una explicación más. 

   La detonación del arma alerta al guarda de la finca que acude entre extrañado y alarmado a la casa del capataz. Al entrar en el comedor se encuentra con la espantosa escena. A un lado de la estancia, bañada en un charco de sangre, se da de bruces con el cuerpo y el rostro irreconocible de la que parece ser “la Antonia”; al otro lado, como una aparición, el chiflado de Cintabelde lo está apuntando con lo que parece un enorme pistolón. Sin mediar palabra, Pepillo aprieta el gatillo pero del cañón del arma no sale absolutamente nada. Solo se oye un ridículo “clic”. Harto de tantas dificultades, mientras echa mano a su navaja, se abalanza sobre el guarda al que asesta varias cuchilladas sin darle opción a defenderse. Se escuchan gritos infantiles provienen de interior de las cocinas pero Cintabelde no hace caso de ellos y se dirige al escondrijo del dinero. 

Cartel de feria, año 1896
  Una vez hallado el parné, con veinticuatro duros de plata en el bolsillo y la navaja ensangrentada en la mano, se dirige a las cocinas en busca de las niñas. Estas, al verlo entrar huyen despavoridas entre gritos justo en el momento en que se abre de nuevo la puerta de la casa, dejando ver a contraluz el rostro descompuesto de Rafael Balbuena León, el arrendador de la finca, que casualmente se encontraba en el cortijo y que ha acudido tan rápido como ha podido al escuchar el extraño estampido y los gritos aterrorizados de las niñas. Cintabelde, cuya intención es no dejar testigos, se abalanza navaja en ristre sobre el perplejo hombre, asestándole una puñalada en la boca y rematándolo posteriormente de un tiro en la cabeza. Magdalena, la niña de seis años intenta esconderse pero Pepillo la persigue y de un solo tajo le secciona la yugular. Después de asesinar a sangre fría a la inocente Magdalena, Cintabelde vuelve sobre sus pasos y encuentra a Maria Josefa, la niña de dos años, llorando desconsolada abrazada al cadáver de su madre. Haciendo gala de una extrema crueldad, agarra a la cría de los pelos y utilizando la navaja de nuevo, le corta el cuello hasta casi arrancarle la cabeza. 

   Ha sido más complicado de lo que pensaba pero al final ha conseguido su propósito: conseguir el dinero necesario para poder ver la corrida del siglo. Nada menos que veinticuatro duros de plata. Cierto que ha dejado cinco cadáveres a su espalda pero no hay testigos vivos que puedan reconocerlo. O al menos eso es lo que él cree. Tras lavarse manos y ropas en el arroyo de Las Piedras, desanda los seis kilómetros que hay desde la finca El Jardinito hasta su casa en el barrio de Santa Marina, almuerza tranquilamente, se viste con sus mejores galas y se dirige con toda la tranquilidad del mundo camino a la plaza de toros de Los Tejares, a disfrutar de una hermosa tarde taurina, convencido de no haber dejado testigos. 

   Mientras tanto, a la una y media de la tarde, unos forasteros acuden a El Jardinito con la intención de comprar naranjas, encontrándose sin comerlo ni beberlo todo el pastel. Sorprendentemente y pese a las horribles heridas sufridas, Antonia todavía conserva un hilo de vida y les susurra unas extrañas palabras a los forasteros: Cintas… verdes… En tanto uno de ellos se queda intentando mantenerla con vida, otro de ellos cabalga todo lo deprisa que puede a lomos de su borrico al cuartelillo más próximo. Allí, el teniente de la Guardia Civil, Vicente Paredes, escucha atónito el relato del forastero. Al punto, el teniente Paredes ordena ensillar los caballos y parte a galope tendido junto con un puñado de guardias camino del cortijo El Jardinito, propiedad del duque de Almodóvar del Valle. En pocos minutos llegan al lugar y tropiezan con una infernal escena de cuerpos desperdigados aquí y allá bañados en sangre. Estremecedor. A un lado del salón encuentran tendido, aún con vida, el cuerpo con el rostro desfigurado de Antonia, la casera. Cuando el teniente le pregunta quién es el causante de tamaña casquería, Antonia, muy bajito, murmura las mismas palabras incoherentes: Cintas… verdes…

   Afectado por el espectáculo que se presenta frente a sus ojos, Paredes ordena un registro de la vivienda. Dejando a un lado el comedor y la cocina, donde se han provocado los asesinatos, el orden reina en las demás habitaciones. Tan solo un detalle despierta la curiosidad de los guardias: en el dormitorio principal, un pequeño arcón de hierro ha sido forzado. No hace falta ser muy observador para darse cuenta que el asesino conoce a las víctimas y la casa. Ha ido a tiro fijo. Deja una pareja de guardias civiles a cargo de la escena del crimen y ordena el rápido traslado al hospital de Agudos del cuerpo aún con vida de Antonia Córdoba. Los esfuerzos para mantenerla con vida son inútiles y a las pocas horas muere. Para los que no conozcan el antiguo hospital de Agudos, hoy facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Córdoba, tienen una entrada dedicada en este modesto blog http://elpozodeesparta.blogspot.com.es/2013/02/lugares-de-cordoba-en-los-que-usted-no.html

Coso de los Tejares, becerrada a la mujer cordobesa
   De vuelta en la ciudad, los problemas se acumulan en la abultada agenda del teniente Paredes. A las dificultades de orden público que siempre causa la feria, se une la celebración de la corrida del siglo en el coso de Los Tejares y ahora este espantoso crimen. Cintas Verdes son las palabras que acuden una y otra vez a su mente pero nadie del cuartelillo conoce a alguien con un mote parecido ni logra relacionar esas dos palabras con una persona en concreto. Sale con sus hombres a recabar pistas por la ciudad pero no es hasta encontrarse con una pareja de municipales cuando el rompecabezas empieza a tener sentido. Paredes les pregunta por alguien llamado Cintas Verdes o algo parecido y uno de ellos le responde que por Cintas Verdes no conoce a nadie pero si que conoce a un tal José Cintabelde, un viejo conocido de la policía municipal, camorrista y ladrón de poca monta. Vive en pecado con una mujer en la calle Humosa. 

   Paredes, una pareja de guardias civiles y el policía que conoce a Pepillo Cintabelde, se presentan en el domicilio de este. Les abre la mujer con la que vive y les dice que Pepillo se ha ido a los toros. En el registro efectuado de la vivienda encuentran una chaqueta y una camisa manchadas de sangre, y un pistolón. Ya no hay dudas: Cintabelde es el hombre que buscan y encima saben donde se encuentra. A toda velocidad, se dirigen a la plaza de toros con el objetivo de atrapar al presunto criminal a cualquier precio. Será una empresa difícil pero a Paredes se le ocurre una genial idea: ordena cerrar todas las puertas de la plaza menos una, al objeto de que al término del espectáculo, los espectadores abandonen el recinto por una sola puerta. Después de un considerable revuelo del público por el engorro provocado por la lentitud del desalojo, los municipales logran identificar a Cintabelde y detenerlo con veintitrés duros de plata en los bolsillos. 
   En el interrogatorio, Cintabelde confiesa con todo lujo de detalles al saber que Antonia lo ha acusado antes de morir. Detenido y en prisión, se vuelve muy religioso y pide casarse por la iglesia con Teresa Molinero, la mujer con la que vivía amancebado. El 15 de Noviembre 1890 la Audiencia Provincial de Córdoba lo condena a la pena capital, permaneciendo en la cárcel de los Reyes Cristianos hasta el día 6 de junio de 1891, fecha en la que fue ajusticiado a garrote vil a las 8,45 de la mañana en el llano frente a la Puerta de Sevilla. Fue la última ejecución pública que tuvo lugar en Córdoba. Tenía veintiocho años. Seguro que quien se ha criado en esta tierra, alguna vez ha escuchado la expresión “Eres más malo que Cintasverdes”


Fuentes:

Crónica negra de la historia de Córdoba: (antología del crimen); José Cruz Gutiérrez, Antonio Puebla Povedano. Publicaciones de Librería Luque, 1994

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