Felicia Gioia, natural de
Catenaccio
(Sicilia), buscó la felicidad con su primer marido, lamentablemente sin
éxito. Luego la buscó con el segundo y con el tercero. Con el cuarto y
el quinto. Al llegar al sexto la mujer, que tenía estudios de segundo
grado, ya comprendió que
la felicidad no se encontraba en el matrimonio, de modo que con los maridos sucesivos solo buscaba entrar en el Libro
Guinness de los Récords.
Los hijos no le dieron más que disgustos. Los nietos, trabajo sin remunerar de
au-pair, cocinera, lavandera y similar. Y alguna sonrisa.
Nunca se quejó de los trabajos que había hecho. Había ejercido de auxiliar administrativa, cajera de supermercado,
descargadora de muelles, taxista y peluquera canina. Y, aunque en todos encontró algún
motivo de satisfacción, las sensaciones placenteras no llegaron más allá.
Con los años lo había intentado con la pintura, la escritura, el
canto, el ballet y la danza rusa, también con la cocina, el punto de
cruz y la elaboración de cerveza artesana. Nada de lo anterior era lo
suyo y además se dejó un dineral en materiales.
De modo que la señora Gioia, ya
octogenaria, había
renunciado a alcanzar la felicidad. Sabía, con esa placidez que dan la
edad y la cercanía de la muerte, que había vivido satisfactoriamente, y
estaba en calma consigo misma.
El día era soleado. Salió al balcón, se sirvió un vasito de vino blanco, abrió una
lata de aceitunas rellenas de anchoa
y… ¡Ahí estaba! Era ella, la felicidad, la reconoció al instante. Y se
la comió y decidió que ya no dejaría de sonreír hasta que llegara el día
del último viaje.