Fresquita Dundee posa con el Jefe de Estado en ejercicio y el autor, con el anterior.
Nunca tendrá el empaque del Museo del Prado ni tantas visitas como el
Museo del Real Madrid, pero en el ranking de museos insólitos de la
capital el Museo de Cera ostenta un liderazgo imbatible. Nuestra afición
por el universo de las pinacotecas del cerumen es bien conocida por los
fieles de Strambotic, así que la visita relámpago a Madrid de la
conservadora jefe del
Museo de Cera de Benidorm,
Fresquita Dundee, fue la excusa perfecta para aventurarnos en el lúgubre mausoleo de las persoceras.
¿Qué fue de la figura de
Marichalar?, ¿qué destino le espera a su exconcuñado,
Urdandarín? ¿lleva bragas
Arantxa Sánchez-Vicario? Las respuestas a estas y otras muchas preguntas en este
estrambótico recorrido por el Museo de Cera de Madrid.
La Familia Real
Cada vez son menos, pero los Borbones siguen ocupando un lugar prominente en el Museo de Cera, hasta el punto que su Majestad,
Juan Carlos Primero,
aparece no una sino dos veces, como el primer español que es.
Desmesurado, solemne y un poco abotargado, la figurota del Borbón
convive con sus antepasados y su mentor, el
Generalísimo,
en la sala de los Jefes de Estado, mientras su segundo avatar da la
bienvenida a la entrada acompañado de su mermada familia: la
reina Sufría, Felipe y Leti, a quien los modeladores han concedido inopinadamente un palmo extra de estatura.
A una distancia prudencial, por lo que pueda pasar, están las
infantas, acompañadas por la clamorosa ausencia de sus respectivos. “A
Cristina no le han puesto muchas tetas”, apunta Fresquita. ¿Y dónde está su esposo, el imputado
Urdangarín?,
¿acaso le han enviado ya a la improbable Galería de Cera de Qatar? “Le
hemos mandado con los deportistas”, nos informa una empleada del museo,
un trasunto de
perso-cera de
Whoopie Goldberg.
Efectivamente: allí le encontramos, con
Perico Delgado, Sito Pons y otros ases del deporte español, aunque vestido como de
casual friday en
Telefónica. “¿Pero qué hace aquí?” -exclama mi acompañante- “Si parece
el portero de la sala del terror”. Nos tememos que a Iñaki le espera el
destino de su homólogo
Jaime de Marichalar, cuya figura hirvió en el fuego eterno, como
Terminator II, después de su humillante vuelta por la plaza de toros del museo.
Los crímenes
Deportistas españoles que gritan: Casillas y Nadal.
Rafa Nadal no se merecía esto. Inmortalizado en una mueca que pretendía expresar la rabia por haber ganado un set a
Djokovic pero que más parece un rictus de dolor por un uñero. A su lado,
Arantxa,
nuestra Arantxa, luce tremendo pernil, culminado en sus características
bragas de manga ancha, como muestra Fresquita en la foto.
El presunto
Clint Eastwood guarda un sospechoso parecido con
Miguel Angel Rodríguez, aunque peor parados salen otros compañeros de la ficción, como
Christopher “Superman” Reeves, y
Frodo Bolsón, sólo reconocible por acarrear el dichoso anillo y llegarle al codo a
Gandalf. Los mismos que regalaron centímetros a
Letizia no tuvieron miramientos con el hobbit. Sin embargo, el mayor crimen del museo es una versión famélica de
Rambo, arrinconada en la pirotecnia, del Pasaje del Terror, del que hablaré más adelante. Pero antes, vayamos con las loas.
Los aciertos
Fresquita: Bieliber y Bisbalieber.
Hay que reconocer que los artesanos del cirio van mejorando con el tiempo. Recientes incorporaciones como
Antonio Gala o
Vicente del Bosque son netamente superiores a compañeros de sala, más casposillos y peor vestidos, como
Camilo José Cela o
Carlos Sainz,
respectivamente. Pero si tuviéramos que llevarnos dos figuras a casa,
con las que engatusar a nuestros invitados, estas serían las de
George Clooney (probablemente, el mejor George Clooney de cera del mundo) y
Justin Bieber, ante quien Fresquita no pudo reprimir un “¡soy una bieliber!”. Tal cual.
El Pantone de los negros
No abundan los negros en el Museo de Cera. El
token afroamericano lo integraban sólo dos:
Barack Obama y
Michael Jordan.
Tuvimos la sensación de que el tono de piel de Jordan, tal vez por un
prejuicio de índole deportiva, era mucho más oscuro de lo que le
correspondía, mientras el presidente tenía un leve bronceado, no más
mulato que un
José Vélez. Preguntamos a un restaurador
que acarreaba esprays sobre el particular pero nos aseguró que el
Pantone se establecía “científicamente” a partir de fotos de gran
calidad. Si él lo dice…
El Pasaje del Terror
El Museo de Cera reúne extraños compañeros de cama.
La unanimidad reinó entre nosotros hasta que entramos, o más bien, salimos del
Pasaje del Terror.
A Fresquita aquel recorrido en vagoneta le pareció “una estafa”, pero a
mí me resultó fetén. La verdad es que no daba mucho miedo, pero hay que
reconocer al museo la inteligente jugada de haber agrupado en el
recorrido a algunas de las figuras menos logradas de la colección, como
Chewbaka (¿cómo harías tú un Chewaka de cera, eh?),
Tiburón devorando un niño, que bien podría haber sido un maniquí de la planta joven del Sepu, y al citado
Rambo, para quien debieron de tomar de modelo un
YouTube de Santigo Urrialde,
disparando al espectador con su ametralladora. Inteligente, digo,
porque merced a la penumbra, las luces esteroscópicas y la vertiginosa
velocidad del carricoche, resulta casi imposible apreciar las
imperfecciones de los muñecos.
En definitiva, un museo que usted no debería perderse. Ah y…
¡felicidades, Fresquita! ¡Vuelve pronto!
Fresquita, convidando a los Alcántara a Codorniú.
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